El corazón hambriento como el mar. Festival SURGE. Teatro El Umbral de Primavera. Octubre 2020
jueves, 23 de diciembre de 2021
Nube Nube
Era una tarde en la que parecían arreciar los nubarrones de la preocupación. Este tiempo tan cambiante puede provocar marejada en cualquiera, es cierto. Por fortuna, Luz y Marcello tenían el remedio para que olvidáramos estas preocupaciones y ayer nos brindaron una historia entrañable. Estos mágicos personajes, como mágico es el mismo amor, se conocen por accidente. Y nunca mejor dicho; pero un accidente lleno de ilusiones y buen humor.
Periferia Teatro realiza en Nube Nube un trabajo de trazos poéticos, siempre estucado con risa y sonrisa. Los amores imposibles también pueden revestirse de ternura.
Cada detalle está muy cuidado, y se agradece, tanto en la parte estética como en la manipulación e interpretación. Mariso e Iris nos llevan por la historia creando el clima adecuado para su desarrollo; además de geniales titiriteras, no descuidan sus facetas narradora y de actriz (me gustó, especialmente, el cuidado puesto en las voces) y llegan a descubrirse como estupendas maestras de ceremonias del circo donde los protagonistas se reencuentran.
Los cincuenta minutos del espectáculo se nos pasan entre nubes, sin enterarnos, y nos muestran que a pesar de las tormentas que podamos encontrar, el verdadero amor siempre es refugio y siempre nos ofrece su capacidad de comprender.
viernes, 5 de noviembre de 2021
La pasión de Jarret
Los jarretistas estamos de enhorabuena
por la llegada de estos lúcidos profetas,
que con humor toligo pinchao en vena
expanden su palabra como si fueran saetas.
Estos profetas lo son también en su tierra,
las fértiles tierras toligas del amor,
y ningún proselitismo antes tuviera
ni una millonésima parte de su valor.
Evangelizan desde el escenario
con el credo de Jarret, nuestro Señor,
para que en este mundo mísero y precario
reine sobre todas las cosas el verdadero amor.
Y no predican solos en el desierto
pues no es desierto un vergel de carcajadas,
ya que somos muchos sus fieles, es cierto,
y con la risa nuestras almas eSTAN abrazadas.
No llames MOCHALES a estas pasiones,
que aGONizan SOLO si faltas a la eucaristía,
un ESTERtor amoroso creador de vocaciones
como el del ABAD que enciende la homilía.
Pecadores, deslumbraos con este peNACHO viril,
será vuestra luz, vuestra guía,
un faro IBÉRICO, un gran candil,
alabemos todos que ya llegó el gran día.
Oh, hermanos, hay que ir siempre a más,
tal y como dice Jarret, nuestro maestro,
siempre acudir a más bolos de Toligos Teatro, tris tras,
ni lo ves ni lo verás, que al agnosticismo defenestro.
miércoles, 27 de octubre de 2021
El bar que se tragó a todos los españoles / El Ministerio que se tragó a todos los técnicos
El pasado veintitrés de septiembre teníamos previsto ver en el madrileño Valle Inclán uno de los éxitos de la pasada temporada, prorrogado al comienzo de esta en la que nos encontramos. Éramos conscientes desde tiempo atrás que la rentrée de este año estaría marcada por las movilizaciones de los técnicos del INAEM. De este modo acudimos al teatro sabiendo que, seguramente, la huelga anunciada por los mismos no se desconvocaría y que, como finalmente sucedió, la función se cancelaría.
Todo lo que rodea este conflicto nos da la medida del país en el que vivimos y lo desconocido que resulta para todo el mundo, incluida la propia Administración, el trabajo de quienes se levantan cada día para sustentar nuestra cultura. Las bases que rigen la convocatoria de oposiciones para los técnicos de nuestros teatros públicos son un auténtico despropósito, expulsan a muchos profesionales que durante años y años han ido encadenando contratos temporales y demuestran no conocer en absoluto el sector que están condenando.
En el colegio siempre se tildan de "marías" las asignaturas a las que no se da importancia para el currículo escolar, aquellas por las que nadie se preocupa. Algo así sucede en este país con el Ministerio de Cultura (actualmente Ministerio de Cultura y Deporte), una "maría" a la que no se da importancia alguna y cuyos titulares han demostrado a lo largo de los tiempos completo desconocimiento de su cartera. Las declaraciones del actual Ministro, Miquel Iceta, a quien la patata caliente le ha caído sin que tenga ni idea de dónde le han metido, son sonrojantes. La demanda interpuesta contra los técnicos, alegando ilegalidad en los paros, supone directamente violencia contra los trabajadores. Afortunadamente, esto último parece haberse solucionado con el acto de conciliación firmado por las partes en la Audiencia Nacional.
Todos los técnicos afectados poseen formación específica para sus puestos de trabajo, muchos de ellos a través de los cursos impartidos por el Centro de Tecnología del Espectáculo, dependiente del propio INAEM, pero que son enseñanzas no regladas. Y ahora resulta que esa formación no les permite presentarse a las oposiciones porque se les exige estar en posesión de un título de Grado Superior FP. Tampoco les cuenta para nada la experiencia acumulada. Eso sí, en un futuro podrían trabajar en sus puestos personas sin ninguna experiencia en teatros, ya que no existe una titulación específica para las labores técnicas de los espacios escénicos. Con la gravedad de que la Secretaría de Estado de Función Pública, encargada de convocar los procesos selectivos, publicó las bases con un informe del INAEM que les advertía del problema que se iban a encontrar si no se modificaban.
Un auténtico disparate. Las movilizaciones continúan, siguen convocándose paros y se están suspendiendo estrenos y funciones en todos los espacios dependientes del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. Y, de momento, la Administración se niega a modificar nada y la convocatoria de empleo público continúa adelante. Veremos cómo acaba todo. Por ahora, apoyemos a los técnicos y técnicas en su lucha, que es la de todxs.
Y aunque no lo parezca, no me olvido de que había abierto esta página de mi diario para hablar de la última obra de Alfredo Sanzol, que pude ver finalmente unos días después del primer intento. Primera pieza que escribe y dirige como director del centro Dramático Nacional, con un diseño de producción en el que todos los recursos de que dispone se justifican en una puesta en escena brillante. Una historia que retrata a lo largo de tres horas lo que este país ha sido y lo que sigue siendo, puesto que somos la herencia de aquella sociedad que retrata, la que se construyó con el silencio como banda sonora.
El desarrollo de la función se interrumpe con un intermedio que, a mi modo de ver, distingue dos partes diferenciadas en la narración dramática. Personalmente, con toda la primera parte, no podía dejar de sentir admiración por una dramaturgia precisa, elegante y divertida. La historia del protagonista, sacerdote que quiere colgar los hábitos para comenzar a elegir su propia vida, avanza con un humor fino, inteligente, trufado de hondas reflexiones de cariz existencialista, también de tono poético y de carácter político. El texto es de una riqueza que impresiona, arrastra al espectador que disfruta entre risas y suspiros.
Sin embargo, en la segunda parte creo que la obra deriva, sobre todo en toda la parte que transcurre en Roma, en un humor de trazo grueso que al final cansa por exagerado y que termina provocando la sensación de estar viendo otra obra distinta. Al final del espectáculo no pude dejar de sentir una pequeña decepción al desinflarse el entusiasmo que había sentido durante más de la mitad de su duración. Se pierde un poco la poesía y la reflexión anteriores en el bosque de carcajada gruesa en que se convierte el tramo final del montaje.
Aún así, estoy deseando poder leer el texto, publicado en libro, para disfrutar con calma algunos pasajes que son absolutamente maravillosos, como es, por ejemplo, el momento en que se habla de la libertad y se la relaciona directamente con el concepto de responsabilidad. Literatura dramática de muy alto nivel.
Destacar también al elenco, todo él en estado de gracia y que nos brinda unas interpretaciones de quitarse el sombrero. Si una obra tan superlativa como esta se sostiene, es gracias a la autenticidad que imprimen sus actuaciones.
Ojalá el amor y el entusiasmo que muchos sentimos por el teatro y la cultura en general se contagiara entre nuestros gobernantes. Que aquel país de charanga y pandereta que describía Antonio Machado en su poema "El mañana efímero", quedase atrás. Que la fuerza del silencio que denuncia Sanzol no siguiera reprimiéndonos. Ojalá.
jueves, 21 de octubre de 2021
Conservando memoria
Cuando yo era niño, todos los años mis padres, junto a unos tíos míos, se desplazaban a la Ribera Navarra para comprar pimientos del piquillo. En aquella época la producción todavía no se había deslocalizado a China o Perú, y así, un sábado o un domingo, iban desde Pamplona hasta Lodosa o Mendavia para volver con los coches cargados de esta rica hortaliza. En los días siguientes se asaban los pimientos en casa, nuestro piso se impregnaba de ese aroma maravilloso que fluye al hacerlo. Después de asados se pelaban a mano, se retiraban las semillas y el pedúnculo y se embotaban para conservarlos durante la temporada.
Todo esto que acabo de describir pertenece al recuerdo. Poco a poco, el encuentro en torno a la mesa de una cocina, lo manual, lo ritual, se ha ido perdiendo. Lo frenético de nuestro actual modelo social ha ido invadiendo nuestras vidas, parece que solo lo inmediato tiene sentido; detenerse en las cosas, en los momentos, parece algo del pasado. Me gustaría pensar que el encuentro en torno al escenario de un teatro perpetúa la necesidad real que tenemos de compartir; la verdadera, no la impuesta por las redes sociales, redes en las que es fácil quedarse atrapado, auténticas redes de arrastre.
Partiendo de la idea de embotar los recuerdos del pasado nace "Conservando memoria". Meter los recuerdos, literalmente tal y como ellos mismos dicen, en botes de cristal para su conservación: de conservare, para que permanezcan con nosotros. Un juego escénico de El Patio Teatro que se despliega como auténtico poema visual, pero que no se queda solo en la delicadeza estética con la que se ejecuta. Izaskun Fernández y Julián Sáenz-López crean esta pieza como un ritual de despedida. Trenzando los recuerdos de los cuatro abuelos de Izaskun, erigieron el espectáculo como un homenaje antes de que estos ya no estuvieran. A través del lenguaje de los objetos, de lo pequeño, de lo manual, se transita de lo personal a lo colectivo, un homenaje a una generación con el que cualquiera puede sentirse identificado y emocionarse.
Siempre pienso en esa línea invisible que nos une con el pasado y este espectáculo consigue dar puntada con hilo sobre ella. Y lo hace con un hilo realmente valioso, ya que su significado no se limita al interés propio, no esconde nada, y la desnudez de su intimidad acaba hilvanando los recuerdos de todo el público asistente.
miércoles, 6 de octubre de 2021
El inicio de un verano
Estamos ya en pleno tiempo otoñal pero, aún así, quiero hoy recordar el inicio del verano que se evaporó hace unas pocas semanas.
Tras un 2020 que nunca olvidaremos, es cierto que el presente año no ha terminado de mejorar las graves situaciones provocadas por aquel. Sin embargo, a pesar de las circunstancias, la llegada del verano nos animó a dejarnos empujar por la vida, a buscar de nuevo el disfrute de lo que se nos había privado durante tanto tiempo. En mi caso, viajar por las carreteras españolas y hacerlo para presenciar dos de los festivales de teatro más importantes de este país. Primero el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y, una semana después, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro.
Viajar a Extremadura siempre es motivo de gozo; sus paisajes, sus gentes, su rica gastronomía... Muchas veces, hablando con amigos que también tienen una especial querencia por esta región, coincidimos en que es una gran desconocida y que mucha gente tiene una idea muy equivocada de cómo es en realidad. Yo siempre animo a conocer esta comunidad autónoma, con muchos lugares de interés para conocer y de una gran diversidad.
Mérida, su capital, fue declarada Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993. Es una ciudad viva, con un patrimonio artístico y cultural impresionante y que invita a callejear y descubrir rincones que no aparecen en las guías turísticas. La bella ribera del Guadiana, ejemplarmente acondicionada, otorga la posibilidad de disfrutar del paseo; los restos arqueológicos, tan bien conservados, permiten un viaje en el tiempo que ensancha nuestra mente.
Como curiosidad, os muestro unas fotos que hice del Pórtico del antiguo Foro Municipal de Augusta Emerita, construido a mediados del siglo I a imagen y semejanza del Foro de Augusto en Roma. Y, lo curioso, es que la imagen que representa al Festival de Teatro Clásico no procede del Teatro Romano, como podría pensarse, sino de este edificio.
En concreto, la imagen del medallón representa a Júpiter-Amón y es la que podemos ver reproducida en el diseño gráfico del festival.
El fin de semana que estuvimos en Mérida se programó el espectáculo "Los dioses y el dios", trabajo muy libre de Rafael Álvarez El Brujo a partir de la obra "Anfitrión", de Plauto. El Brujo es ya un género teatral en sí mismo; le he visto actuar en varias ocasiones, pero la primera de ellas fue sobre el escenario de la Escuela Navarra de Teatro, en Pamplona. Eran mis tiempos de iniciación en el teatro, estudiaba en la Escuela y cada fin de semana disfrutaba con los espectáculos programados en su sala. Fue allí donde descubrí sobre las tablas a este cómico, que sabe meterse al público en el bolsillo como nadie.
Veinticinco años después sigue en forma, eso está claro. Pero también es cierto que la sorpresa va desapareciendo conforme más veces le ves, y quedan muy a la vista los remiendos que componen el traje. Por un lado su vis cómica, indiscutible, y por otro, la profundidad humanística con la que alterna su propuesta. Y siempre, marca de la casa, aprovechando al vuelo cualquier noticia de actualidad para insertarla en su recital. Todo esto se repite en cada una de sus obras e, incluso, él mismo hace chanza con ello jugando a no tener claro si está representando Anfitrión, el Quijote o el Lazarillo de Tormes.
Desde luego, hay momentos en los que la risa se destapa de verdad y, también, momentos de honda reflexión en los que dice verdades que nunca hay que dejar de recordar. Pero al mismo tiempo aparece, en ocasiones, un tipo de humor que en este país ya debería estar superado y que no entiendo cómo puede gustar todavía (claramente machista). Y lo repetitivo y alargado de algunas improvisaciones (la mofa a la Oficina del Español, del chaquetero Toni Cantó) cansan y añaden minutos al espectáculo innecesariamente. Una fiesta del teatro en cualquier caso, y más si se celebra en un marco tan impresionante como el Teatro Romano de Mérida. El mismo día que estuvimos viendo a El Brujo, lo visitamos al mediodía y su magia te transporta realmente en el tiempo.
El fin de semana siguiente nos trasladamos a Almagro, bella población castellana que nos sumerge en nuestro fecundo Siglo de Oro. Y del mismo modo que viajamos del teatro greco-latino al de nuestros autores renacentistas y barrocos, yo me reencontré de nuevo con mis comienzos escénicos en un viaje de ida y vuelta. El caso es que, este año, la comunidad autónoma invitada por el Festival ha sido Navarra y, de este modo, varias producciones procedentes de mi tierra natal viajaron hasta este enclave histórico.
Coincidir con compañeras que presentaron sus trabajos en Almagro me hizo especial ilusión, y más este año, con todas las dificultades que se han pasado y lo que suponía volver a salir de gira. Mis amigas de Pasadas las 4 y de T'Diferencia Teatro mostraron sus espectáculos "El burlador sin sardina" y "Laberinto de Juana Inés", algo de lo que enorgullecerse y que da muestra de la gran cantera teatral que supone la Escuela Navarra de Teatro en aquella comunidad.
Completamos la visita a Almagro recorriendo su Museo Nacional del Teatro, un recomendable paseo por la historia de las artes escénicas al que, seguro, regresaremos en un futuro.
Y ahora, tras compartir estos recuerdos desde el revuelto otoño, tan solo nos queda esperar que vuelvan muchos, muchos más veranos.
viernes, 10 de septiembre de 2021
Titirimundi. La dernière danse de Brigitte
La semana pasada vivimos una nueva edición de Titirimundi, en la ciudad de Segovia. Una cita imprescindible incluso en las actuales condiciones en las que el festival debe realizarse. Si ya los protocolos a aplicar, motivados por la pandemia, restan un poco al espíritu del encuentro (hay menos ambiente callejero), la organización ha debido enfrentarse este año a un recorte del presupuesto asignado por la Junta de Castilla y León de 85.000 euros. Aún así, lo han conseguido sacar adelante con gran esfuerzo comprimiendo el festival a cuatro días, con una programación de gran calidad y obteniendo una respuesta del público estupenda. Titirimundi es un pulmón para esta hermosa ciudad castellana, y todos agradecemos que nos hayan hecho respirar arte, creatividad y diversión.
Pudimos disfrutar de espectáculos que se habían desdoblado visitando también Madrid, en el Teatro de Títeres de El Retiro, como los del húngaro Bence Sarkadi o los de Teatro Matita, de Eslovenia. Tampoco faltaron clásicos del festival como "El circo de las pulgas" y para todos sus seguidores, que somos muchos, La Chana estrenó aquí su nuevo espectáculo, "Balada para una revolución".
El título que encabeza esta entrada es el del espectáculo de la compañía Zero en conducta, que llevaron a cabo sobre el escenario del bello Jardín del Seminario. Una propuesta en la que se aúna el lenguaje de los títeres y teatro de objetos con el de la danza, seña característica de este grupo, y que con un aire melancólico deja fluir muchas sonrisas entre los asistentes.
Un montaje en el que cada detalle está cuidado con mucho esmero tanto en el baile, actuación y manipulación, como en el diseño de producción. Una anciana Brigitte recuerda su pasado como bailarina, una serie de imágenes vuelven a ella y se encarnan a la vista del público. Una bella reflexión sobre el paso del tiempo, la importancia de nuestras vivencias y anhelos y el reconocimiento de que, a pesar de que nuestro paso por la vida tiene un final siempre tiene sentido. Personalmente me encantó la doble manipulación de la Brigitte niña, donde las técnicas del títere y de danza contact se fundían. Para despedida, Brigitte se anima y marca el aplauso de los asistentes a ritmo de scratch sobre el viejo gramófono, dejándonos la sensación de haber presenciado una emocionante historia.
Para terminar, solo queda añadir ¡larga vida a Titirimundi! Ojalá sigamos teniendo festival por muchos años y sigamos emocionándonos con todas las propuestas que su equipo nos brinda.
jueves, 2 de septiembre de 2021
AHAB, viaje al infierno
Dentro del festival FIT Madriz! 2021 que celebramos en el Teatro de Títeres de El Retiro, la semana pasada recibimos la visita de Teatro Percutor. Su obra "AHAB, viaje al infierno" abría la sección dedicada a los espectáculos de títeres y objetos dirigidos a un público adulto. El mundo del títere es un territorio fecundo, pero muchas personas lo asocian exclusivamente a la creación para niños y niñas. Sin embargo, existen muchas propuestas que desmienten este tópico y la que nos ocupa es una de ellas.
A partir de la novela "Moby Dick", de Herman Melville, Sergio López crea una personalísima versión que trasciende la obra literaria y que envuelve al espectador hasta ponerlo delante de su propio oleaje, el personal y el colectivo.
La puesta en escena es poderosa, un embate contra el público que implica a todos los sentidos. Es, al mismo tiempo, algo épico e íntimo. Nos enrolamos junto al capitán Ahab y sentimos la marejada, el olor a salitre y pescado crudo, el sonido aullante del fuerte viento y de los truenos. El cuidado diseño del espacio sonoro, la iluminación tenue cual lámpara con aceite de ballena, el ritmo ahora calmado pero que luego torna encrespado por el oleaje, consiguen que los asistentes se sientan en el mismo corazón de la tormenta. Y se siente la aventura, una llamada algo primitiva, olvidada, que retrotrae a aquellas lecturas juveniles de Salgari, Verne, Stevenson o el propio Melville.
Esto no tiene, en cualquier caso, aroma nostálgico. Porque en la propuesta, sin necesidad de subrayar nada o caer en mensajes simplones, subyace una cuestión que debería ser nuestra principal preocupación en estos momentos. La de qué estamos haciendo, los humanos, con este planeta. Nosotros lo necesitamos a él, pero él a nosotros no, y seguimos ignorando este hecho. El espectáculo representa esa simbiosis necesaria para nuestra propia supervivencia. Pretender doblegar a la Naturaleza es empresa propia de necios imprudentes, Ahab lo sabía, y en su lucha y conflicto podemos vernos todos reflejados.
Con este montaje, primero de una trilogía, la compañía comienza una línea de investigación muy personal en torno al concepto del viaje. Esperaremos a los siguientes proyectos para dejarnos llevar por ellos. Mientras, seguiremos luchando inmersos en este infierno.
miércoles, 12 de mayo de 2021
Hoy puede ser mi gran noche
Nueva oportunidad para disfrutar de este montaje en los escenarios madrileños. Sobre las tablas de El Teatro del Barrio la compañía Teatro En Vilo nos invita a compartir con ellas esta gran noche. Compartir. Esa es la sensación que a uno se le queda tras presenciar este espectáculo; que de manera generosa han compartido algo muy íntimo con nosotros. Espectáculo. Porque lo que nos ofrecen se viste como tal, ágil y divertido, aunque trascienda por mucho este hecho. Las hermanas Rodríguez, Noemi y Darlene, comparten con el público algo que les pertenece pero que, al mismo tiempo, también es nuestro. Nos cuentan sus recuerdos de infancia en la España de los noventa, ese país propulsado hacia una modernidad que tenía mucho de decorado, de brillante puesta en escena. Como mucho brillo hay en esta propuesta inteligente que baila de lo personal a lo colectivo, de lo anecdótico a lo general.
A este baile nos invitan. Para bailar pegados, por supuesto. Sergio Dalma, Azúcar Moreno y otros éxitos de la época fueron parte de la banda sonora sobre la que, en un hogar gallego, se tejieron sueños en bucle. Sueños como los que todos tuvimos alguna vez. Algunos se cumplieron, tal vez. Otros no. Muchos se quedaron a medias. Como ellas mismas dicen esta obra es "...un canto a los perdedores, a los que nunca dejan de esperar su momento".
Esta sociedad competitiva en la que vivimos no para de repetirnos que debemos aspirar al éxito. Mensajes de falso contenido nos animan diciendo que todo aquel que se esfuerce lo conseguirá. No siempre es así, claro. Pocos alcanzan el triunfo y muchos son los que, a pesar de todo el esfuerzo, nunca llegan a la línea de meta. Nos pasa como individuos, y visto lo visto, también como país. Born to lose, como decía la canción. Darlene y Noemi nos enfrentan a esta realidad, por medio de una risa que se alimenta de la nostalgia pero que nos confronta con el presente. Todo el despliegue escénico sume al espectador en una fiesta, aunque no pueda asegurarse la ausencia posterior de resaca. Noemi Rodríguez, con un registro interpretativo de paleta amplia, conecta con los espectadores casi desde el minuto uno. Nos sumerge en su historia familiar, en sus anhelos de niña. En cómo quería parecerse a su héroe personal, su propio padre, cantante de orquesta de quien hereda el amor por la actuación. Su energía contagiosa hace que el público empatice con su experiencia que, como ya he dicho, es la de muchos. La dirección de Andrea Jiménez consigue que sí, que pasemos una gran noche con el humor y la sensibilidad que caracterizan a esta compañía. Si podéis, no os lo perdáis.
viernes, 7 de mayo de 2021
Los niños del Winnipeg
Edurne Rankin en "Los niños del Winnepeg"
Ayer tuvimos la suerte de que el Winnipeg fondeara en la Casa de América en Madrid. La compañía hispano-chilena La llave maestra nos ofreció un emotivo ejercicio contra la amnesia histórica. Más necesario, si cabe, en estos tiempos turbulentos que estamos viviendo. En 1939 el gobierno chileno, por medio de Pablo Neruda en condición de cónsul delegado para la inmigración española en París, fletó un barco carguero que trasladó hasta su país a cerca de 2200 exiliados españoles desde los campos de concentración del sur de Francia. Aquel viaje hacia una nueva vida comenzó un cuatro de agosto, arribando a Valparaíso un mes después, el tres de septiembre.
El espectáculo nació en Chile para conmemorar este episodio histórico y, ahora, recorre el viaje a la inversa para que podamos disfrutarlo en nuestros escenarios. Edurne Rankin va desgranando la narración con sensibilidad y maestría contadora, poniendo voz a los niños y niñas que protagonizan esta historia. Y es que su visión sobre la experiencia de sufrir la guerra civil, el exilio atravesando los Pirineos y el viaje posterior cruzando el Atlántico, es sobre la que se sostiene la dramaturgia.
Niños pasajeros del Winnipeg, 1939
Una puesta en escena sencilla sustentada en la narración oral, que emociona y envuelve al espectador, apoyándose en elementos que van surgiendo del vestido mágico que porta la actriz.
Cuando aquellas pequeñas víctimas de la guerra llegaron a un país que no era el suyo, se les recibió con los brazos abiertos, tuvieron la oportunidad de crear un proyecto de vida y volver a echar raíces. La solidaridad entre pueblos es todavía necesaria y está llena de sentido. La solidaridad humana al fin y al cabo. Y posiciones como la que mostró la ultraderecha en la pasada campaña electoral madrileña, criminalizando a menores inmigrantes con su política del odio, deberían ser desterradas para siempre.
Pablo Neruda y el Winnipeg
sábado, 27 de marzo de 2021
Día Mundial del Teatro 2021
Hoy 27 de marzo celebramos el Día Mundial del Teatro. Una celebración teñida por
todo lo vivido a causa de la pandemia que nos afecta. Si de algo ha servido lo
sucedido a lo largo del último año, ha sido para dejar al descubierto todas
nuestras vergüenzas como sociedad. El desmantelamiento de los servicios públicos
a lo largo del tiempo tiene consecuencias, y donde nos decían que teníamos la
mejor sanidad del mundo se comprueba ahora como los sanitarios están
enfrentándose a esta crisis en condiciones lamentables. ¿Hemos aprendido algo en
este tiempo? Me temo que no mucho, a tenor de la dirección que están tomando las
cosas. ¿Qué puede aportar el mundo del teatro a la necesaria reflexión sobre el
devenir de nuestra época? El mundo de la cultura en general, y el teatro en
particular, no pueden quedar al margen de la sociedad. Pero en muchas ocasiones,
demasiadas, tengo la sensación de que la cultura solo interesa a quienes hacemos
cultura. Con un sector atomizado (aunque sí que hubo el año pasado un movimiento
para aglutinar a asociaciones profesionales de diferentes artes en nuestras
reivindicaciones ante la Administración), un Ministro de Cultura desconocedor
absoluto de su ramo, e innumerables compañías y artistas afectados por
programaciones canceladas y abocados a la inactividad, parece complicado hacerse
oír.
Todavía el tejido de la industria cultural en este país se estaba
recuperando de la crisis del 2009, y para muchos y muchas, la pandemia está
suponiendo una fatal estocada. La lucha por la subsistencia personal a la que
cada uno parecemos condenados, no debería impedir tener una visión amplia del
escenario de la vida. El teatro es, precisamente, un arte de la colectividad.
Del colectivo de artistas que ponen en pie un espectáculo, y del colectivo que
forma el público cuya mirada es imprescindible para completar la obra. Esta
pandemia ha descubierto un mundo en el que la rapiña impera incluso entre
estados, en el que este voraz sistema capitalista convierte en puro negocio la
salud de las personas. Como si de una pieza dirigida por Peter Brook se tratara,
persigamos la esencia valiosa de las cosas, dejemos a un lado lo superfluo. En
la comunidad teatral deberíamos tener claro por qué nos subimos a las tablas, no
transigir con rémoras adquiridas en el pasado, hacer valer nuestra profesión.
Deberíamos rechazar el participar en este río revuelto y aunque el
show deba continuar, que no lo haga a cualquier precio. Pienso en todas
las compañeras y compañeros de oficio, en nuestra fragilidad y también en
nuestras fortalezas. La mayoría hemos vivido siempre en un inestable equilibrio,
pero ahora parece que ni siquiera tenemos un fino cable en el que apoyar
nuestros pies. Somos supervivientes natos, sabemos adaptarnos y readaptarnos las
veces que haga falta. Trabajamos con los mejores mimbres, los de la humanidad
que cada uno encierra. Y saldremos adelante gracias al mismo valor y
determinación que una vez nos empujaron a dedicarnos a esta profesión que tanto
amamos.
sábado, 13 de marzo de 2021
Un Elefante en Eroski
Han pasado ya diecisiete años desde que hice este anuncio, ahí es nada. El elefante, que en realidad era elefanta, venía de un circo que en ese momento se encontraba en Zaragoza. Se rodó en el hipermercado Eroski de Berriozar, una pequeña localidad a las afueras de Pamplona. Tuve la oportunidad de trabajar con compañeros que conocía del mundo teatral y todo funcionó estupendamente. Me imagino que en el presupuesto de esta producción habrían incluido todos los paquetes de pan de molde que la elefanta iba tragándose, con bolsa y todo, al recorrer los pasillos del hiper en cada toma. ¡Le gustaban más que los plátanos!
#publicidad #rodaje #actor #televisión
viernes, 5 de marzo de 2021
Río Grande
Esta fue mi microaportación para el certamen Por aquí pasa un río, organizado por el Ayuntamiento de Córdoba. El resultado fue una bonita publicación de microrrelatos y fotografías en torno al río Guadalquivir.
RÍO GRANDE
Éramos tan solo una panda de renacuajos cuando, en aquellas tardes de verano libres de obligaciones escolares, trepábamos al campanario de la iglesia. Desde la espadaña vislumbrábamos toda la comarca, sus campos, el río, aquella maravillosa templanza. ¡Bajad de ahí ahora mismo!, gritaba algún parroquiano al descubrirnos y, entre el susto y la risa, se iniciaba la estampida del séptimo de chiquillería. Corriendo hacia el río huíamos, a zancadas, riendo y blasfemando. ¡Cuidado, rapaza!, avisábamos, cuando alguna niña se cruzaba y le tirábamos del pelo, o a otra a la que siempre gritábamos ¡al Juan le gustas! sin que ninguno de nosotros conociera a Juan alguno. Aún sofocados por la carrera, pero ya lejos del supuesto peligro, nos tumbábamos en la tierra con los ojos cerrados y, escuchando los sonidos del Guadalquivir, enumerábamos nuestras próximas aventuras, trastadas o cualquier otra bravuconada que se nos ocurriera. Nos llamábamos a nosotros mismos La Banda Sin Perdón.
Lo que fuimos descubriendo con la edad, es que lo único que no perdona es el paso del tiempo. Aquellos veranos llegaron a su fin, la inocencia alcanzó su particular otoño y las gestas infantiles dieron paso a otras menos inconscientes, a aquellas que la madurez resta espontaneidad. Pasaron unos cuantos años, eran finales de los setenta, y mis padres habían decidido dejar el pueblo para instalarse en Córdoba. Un día me la encontré volviendo de la universidad, en cuyo cinefórum se había proyectado Río Grande, de John Ford. Su familia también se había trasladado a la ciudad y, a pesar del tiempo transcurrido, nos reconocimos al instante, un reencuentro como el de John Wayne y Maureen O'Hara en el clásico western. Dimos un paseo por la ribera del río y allí mismo, junto al al-wadi- al-kabir, nuestro río grande particular, nos besamos. Un beso que dura ya más de treinta años y que ningún apache ha podido interrumpir. Porque como muchas veces me recuerda riéndose, ¡que a mí no me gustaba Juan, que me gustabas tú!
martes, 30 de junio de 2020
Algunos recuerdos amarillean
El año pasado participé con mi poema "Algunos recuerdos amarillean" en la antología de poesía hispanoamericana "Y lo demás es silencio" publicada por Chiado Grupo Editorial.
Mi pareja opina que el poema es muy triste. Y no le falta razón 😏.
ALGUNOS RECUERDOS AMARILLEAN
Algunos recuerdos amarillean
como recortes viejos de periódico.
En este álbum hay letras que se desdibujan,
rostros que ya perdieron a sus dueños.
A pie de foto intentas explicarme quién eres,
qué significaste para mí,
amigo o amante disuelto en pasta de papel,
un titular que ahora trituro como triste confeti.
Pasamos las páginas y nos entintamos los dedos,
mis huellas son las balizas que señalan
por dónde anduvimos.
Comenzar el diario mirando las esquelas
en vez de agarrar el teléfono
y comprobar si descuelga alguien
que todavía comparta mi línea editorial.
jueves, 5 de diciembre de 2019
Mauthausen. La voz de mi abuelo
Cada uno de nosotros tiene su propia idea acerca del teatro que considera interesante. Sabemos que este arte puede abordarse desde muchas perspectivas diferentes, que puede haber un montaje para cada momento, un estilo distinto para cada historia que quiera contarse. Y sin pretender negar la validez de otro tipo de propuestas, vamos conformando en nuestra intimidad un listado de ingredientes que deseamos encontrar en cada espectáculo que vemos. Mauthausen. La voz de mi abuelo, contiene todos esos componentes que renuevan mi amor por el teatro y supone un acontecimiento de los que refuerzan la necesidad de seguir subiéndose a un escenario.
La historia del campo de concentración y exterminio nazi es tristemente conocida, también la del paso de muchos españoles por aquel dantesco complejo, y aún así lo vivido con esta propuesta escénica resulta una sorprendente experiencia. Lo que aquí presenciamos no es un documental con frías y espantosas imágenes. Desde luego, lo contado contiene espanto y dolor. Pero se presenta de tal modo, que la incomprensión hacia las atrocidades que llega a cometer el ser humano se transforma en esperanza por su capacidad de supervivencia y solidaridad.
El texto de la obra está escrito por Pilar G. Almansa, que sigue creciendo y afianzándose como una de las figuras de referencia en nuestro teatro contemporáneo. También ella firma la puesta en escena, esencial y limpia, al tiempo que emotiva y con un ritmo dramático preciso. La dramaturgia del espectáculo transmite las vivencias de Manuel Díaz, superviviente español de Mauthausen, a quien pone voz y cuerpo sobre las tablas su propia nieta, la actriz Inma González.
La interpretación de ésta es de las que no se olvidan. Cargada de verdad, derrocha humanidad y emoción en cada uno de sus gestos. Pura maravilla. Durante poco más de una hora tenemos delante nuestra al jovencito que, tras su particular odisea,
nos ofrece una lección de vida en la que se trenzan el miedo y la esperanza, las tinieblas y las luces de un futuro en el que nunca hay que dejar de creer. Ella es la voz de su abuelo.
Partiendo de unas grabaciones que el propio Manuel Díaz realizó antes de fallecer se reconstruye un episodio de nuestra historia que jamás debería repetirse. Por desgracia, la sociedad actual parece olvidar con facilidad toda la barbarie que asoló nuestro continente no hace tanto tiempo. En demasiados parlamentos europeos, incluido nuestro congreso nacional, negacionistas de aquel holocausto parecen añorar aquella ola que cubrió de oscuridad gran parte de la vida de nuestras generaciones antecesoras. No se trata de reabrir viejas heridas, tal y como dice nuestra derecha patria; parecen desconocer que algunas heridas nunca llegaron a cerrarse, no se les permitió hacerlo. Se trata de no olvidar, de aprender del pasado para no reeditar las mismas tragedias.
Y facilitar algo que en este país no se permitió: un proceso de duelo necesario para que nuestra sociedad pueda mirar al futuro y seguir avanzando. Mauthausen. La voz de mi abuelo pone un importante grano de arena en esta reconstrucción, por medio de su apuesta plena de sensibilidad, inteligencia y muy importante también, un sentido del humor cargado de humanidad.
viernes, 27 de septiembre de 2019
Cama
Dice Pilar G. Almansa, autora y directora de Cama, que "(...) gracias a lo que ha ocurrido en el último siglo, y cada vez con más intensidad y sofisticación, las mujeres estamos batallando por configurar el relato público, tanto sobre nosotras mismas como sobre los hombres." (1) Y es esto del todo necesario, añado, ya que la mujer ha estado siempre relegada históricamente al papel que el hombre le otorgó al ser éste el único que construyó dicho relato. Muchos somos los que nos hemos educado inmersos en una cultura machista, con unos modelos que todavía hoy en día cuesta romper. Pensemos, no obstante, que las cosas van cambiando poco a poco. Y la revolución feminista, que se lleva a cabo sin el uso de la violencia, tal y como dice Ella, el personaje femenino de la obra, está implementando un cambio de paradigma.
De estas cuestiones trata "Cama", de la relación de una pareja, hombre y mujer, desde que se conocen hasta que tras el tránsito por la pasión inicial y el asentamiento doméstico posterior, llegan las diferencias que se agravan hasta terminar con la separación de los personajes. Tanto Él como Ella se nos presentan como individuos sensibilizados, ella feminista concienciada; él convencido de la revisión actual del hombre bajo la óptica de las nuevas masculinidades. Y aún así, no logran sortear las trampas que el sistema lleva siglos interponiendo en nuestras vidas.
Todo este tránsito vital sucede en el espacio temporal de una hora y, a pesar de la compresión que eso significa, la puesta en escena salva bien ese desfase entre lo expuesto y lo omitido. La pieza se articula en cuadros que se suceden cada uno alternando diferentes lenguajes teatrales, sin que esto resulte forzado y se convierta en un pastiche. Más bien al contrario, estos cambios alumbran las distintas fases por las que atraviesan los personajes y su relación. Desde un punto de vista brechtiano, esto supone que la sorpresa irrumpa en el escenario y que la atención del espectador no decaiga, al mismo tiempo que el espectáculo ofrece esa diversión que Bertolt Brecht consideraba imprescindible para que luego pueda darse la reflexión acerca de lo visto y vivido sobre las tablas.
Autor fotografía: Jacobo Medrán
"Cama" es un texto muy bien escrito, rico y profundo, que ahonda en la perspectiva de género como condicionante de muchos conflictos que en su día se normalizaron o, cuando menos, se silenciaron. Nos coloca frente a una realidad en la que los roles desempeñados hasta ahora por hombres y mujeres exigen una revisión urgente. Y lo hace con humor, en ocasiones, con poesía o con testimonios casi cercanos al teatro documento. Y esta variedad de estilos se sustenta en una interpretación sobresaliente por parte de María Morales y Carlos Troya, que aportan la verdad, el valor y la sensibilidad que reclama esta puesta en escena.
Junto a ellos, con ellos, una cama. Único elemento de la escenografía (aparte del sugerente diseño de luces y de espacio sonoro) y que sirve de nido o de muro, según sean las circunstancias de los personajes. Una cama. Ese elemento en el que muchos nacemos, descansamos, amamos, convalecemos, inspiramos, retozamos, espiramos y expiramos. Un edredón, unas sábanas, unas almohadas blancas que son testigo de lo posible y de lo imposible; de lo probable y de lo improbable, en una relación que desde el extrañamiento posterior a su representación, otra vez Brecht, nos deja cuestiones abiertas y a las que sólo nuestro avance como sociedad y como individuos podrán, algún día, dar respuesta.
(1) El Cultural, 16/08/2019
miércoles, 27 de marzo de 2019
Día Mundial del Teatro 2019
Como cada año, hoy 27 de marzo, celebramos el Día Mundial del Teatro. A continuación transcribo el mensaje que el Instituto Internacional del Teatro ha hecho público, como es tradición, para esta jornada. Está firmado por Carlos Celdrán, director, dramaturgo y profesor cubano.
Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí. Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron. Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos, entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.
Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allí, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros. Mi país teatral, el mío y el de mis actores, es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.
La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador. Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron. Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.
Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mí una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allí donde existes está el público. Allí están los compañeros que necesitas a tu lado. Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad. Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando día y noche, porque tengo el secreto de la velocidad.
Carlos Celdrán
Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí. Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron. Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos, entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.
Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allí, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros. Mi país teatral, el mío y el de mis actores, es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.
La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador. Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron. Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.
Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mí una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allí donde existes está el público. Allí están los compañeros que necesitas a tu lado. Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad. Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando día y noche, porque tengo el secreto de la velocidad.
Carlos Celdrán
Carlos Celdrán
miércoles, 29 de agosto de 2018
Lindsay Kemp/Neil Simon
El pasado fin de semana recibimos la triste noticia de la pérdida de dos nombres importantes de la escena teatral. Primero se supo, el sábado, del fallecimiento de Lindsay Kemp, y un día después murió Neil Simon. Ambas figuras son sobradamente conocidas y puede encontrarse fácilmente información abundante sobre sus trayectorias.
El dramaturgo y guionista Neil Simon.
Escribo estas líneas, entonces, no para glosar sus vidas y recorridos profesionales, sino rememorando recuerdos tempranos de mi relación con el teatro en los que ambos se entrelazan justo en este momento.
En el año 1991, durante una visita a Madrid (entonces yo vivía todavía en Pamplona), asistí a una representación de "Perdidos en Yonkers" en el Teatro Fígaro. Mi contacto con el teatro se limitaba en aquel momento al de mero espectador, no imaginaba siquiera que muy poco tiempo después comenzaría a estudiar Arte Dramático. Así que simplemente era un aficionado amante del escenario, pero que lo admiraba desde la barrera. La obra me gustó mucho; aunque Simon suele nombrarse como autor de comedias, esta obra se encuentra entre su creación tardía, y pese a no considerarla plenamente autobiográfica, el dramaturgo sí admitía que algunos elementos de la historia tenían conexión con experiencias vividas en primera persona. Con sus luces y sus sombras.
Cartel y foto del elenco de la obra. Teatro Fígaro, Madrid, 1991.
La humanidad de la pieza me emocionó verdaderamente y recuerdo de manera especial el impacto que me causó sobre todo la interpretación de Ana Marzoa, una gran actriz que me conmovió y que merece un reconocimiento mayor del que se le concede. Tres años después me encontraba estudiando en la Escuela Navarra de Teatro, y seguro que experiencias como la de ver este montaje tuvieron que ver en mi decisión de adentrarme por las sendas de la interpretación.
Lindsay Kemp, hombre de teatro total.
Avanzando esos pocos años me encontraba ya estudiando en la E.N.T. (cómo llegué a tomar aquella decisión, que me hizo abandonar mi anterior trabajo, merece ser contado en otra entrada aparte). En aquella época nutrieron mi amor por el teatro tanto mis estudios como los espectáculos vistos entonces. Estábamos todavía en la primera mitad de la década de los noventa: tuve oportunidad de ver algunas de las últimas producciones del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, recuerdo "Canción desde Isla Mariana" de Legaleón Teatro o "Como los griegos" de Steven Berkoff (con Nancho Novo). En los ya extintos Festivales de Navarra programaron "A puerta cerrada" de Jean Paul Sartre con Aitana Sánchez Gijón y Carmelo Gómez (dirigidos por Miguel Narros). En el escenario de la Escuela vimos "Notas de cocina", de Rodrigo García, y La Zaranda nos visitaban con cada nuevo montaje suyo, iniciando así mi honda admiración por los geniales jerezanos. Y entre aquellos muchos espectáculos vistos en mi época de estudiante también hubo uno de Lindsay Kemp. Su "Cenicienta" estuvo en el Teatro Gayarre de Pamplona, donde descubrimos que el artista inglés era un estilo total en sí mismo.
En la misma temporada de su estreno "Cenicienta" visitaba Pamplona.
La lección que nos ofrece Kemp es, en esencia, creer firmemente en uno mismo y tener libertad absoluta para defender los postulados propios, igual que hacía él en la irreverente visión del cuento clásico.
Neil Simon y Lindsay Kemp, en principio tan opuestos estilísticamente, se reúnen sin embargo en mis recuerdos formando parte de un todo. Del mismo modo en el que mi amor por el teatro se integra en un todo mayor que, precisamente, es lo que le otorga su verdadero significado.
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