El corazón hambriento como el mar. Festival SURGE. Teatro El Umbral de Primavera. Octubre 2020

jueves, 2 de septiembre de 2021

AHAB, viaje al infierno

 


  Dentro del festival FIT Madriz! 2021 que celebramos en el Teatro de Títeres de El Retiro, la semana pasada recibimos la visita de Teatro Percutor. Su obra "AHAB, viaje al infierno" abría la sección dedicada a los espectáculos de títeres y objetos dirigidos a un público adulto. El mundo del títere es un territorio fecundo, pero muchas personas lo asocian exclusivamente a la creación para niños y niñas. Sin embargo, existen muchas propuestas que desmienten este tópico y la que nos ocupa es una de ellas. 
  A partir de la novela "Moby Dick", de Herman Melville, Sergio López crea una personalísima versión que trasciende la obra literaria y que envuelve al espectador hasta ponerlo delante de su propio oleaje, el personal y el colectivo. 


  La puesta en escena es poderosa, un embate contra el público que implica a todos los sentidos. Es, al mismo tiempo, algo épico e íntimo. Nos enrolamos junto al capitán Ahab y sentimos la marejada, el olor a salitre y pescado crudo, el sonido aullante del fuerte viento y de los truenos. El cuidado diseño del espacio sonoro, la iluminación tenue cual lámpara con aceite de ballena, el ritmo ahora calmado pero que luego torna encrespado por el oleaje, consiguen que los asistentes se sientan en el mismo corazón de la tormenta. Y se siente la aventura, una llamada algo primitiva, olvidada, que retrotrae a aquellas lecturas juveniles de Salgari, Verne, Stevenson o el propio Melville.


  Esto no tiene, en cualquier caso, aroma nostálgico. Porque en la propuesta, sin necesidad de subrayar nada o caer en mensajes simplones, subyace una cuestión que debería ser nuestra principal preocupación en estos momentos. La de qué estamos haciendo, los humanos, con este planeta. Nosotros lo necesitamos a él, pero él a nosotros no, y seguimos ignorando este hecho. El espectáculo representa esa simbiosis necesaria para nuestra propia supervivencia. Pretender doblegar a la Naturaleza es empresa propia de necios imprudentes, Ahab lo sabía, y en su lucha y conflicto podemos vernos todos reflejados. 
  Con este montaje, primero de una trilogía, la compañía comienza una línea de investigación muy personal en torno al concepto del viaje. Esperaremos a los siguientes proyectos para dejarnos llevar por ellos. Mientras, seguiremos luchando inmersos en este infierno.






miércoles, 12 de mayo de 2021

Hoy puede ser mi gran noche

 


  Nueva oportunidad para disfrutar de este montaje en los escenarios madrileños. Sobre las tablas de El Teatro del Barrio la compañía Teatro En Vilo nos invita a compartir con ellas esta gran noche. Compartir. Esa es la sensación que a uno se le queda tras presenciar este espectáculo; que de manera generosa han compartido algo muy íntimo con nosotros. Espectáculo. Porque lo que nos ofrecen se viste como tal, ágil y divertido, aunque trascienda por mucho este hecho. Las hermanas Rodríguez, Noemi y Darlene, comparten con el público algo que les pertenece pero que, al mismo tiempo, también es nuestro. Nos cuentan sus recuerdos de infancia en la España de los noventa, ese país propulsado hacia una modernidad que tenía mucho de decorado, de brillante puesta en escena. Como mucho brillo hay en esta propuesta inteligente que baila de lo personal a lo colectivo, de lo anecdótico a lo general.
  A este baile nos invitan. Para bailar pegados, por supuesto. Sergio Dalma, Azúcar Moreno y otros éxitos de la época fueron parte de la banda sonora sobre la que, en un hogar gallego, se tejieron sueños en bucle. Sueños como los que todos tuvimos alguna vez. Algunos se cumplieron, tal vez. Otros no. Muchos se quedaron a medias. Como ellas mismas dicen esta obra es "...un canto a los perdedores, a los que nunca dejan de esperar su momento".


  Esta sociedad competitiva en la que vivimos no para de repetirnos que debemos aspirar al éxito. Mensajes de falso contenido nos animan diciendo que todo aquel que se esfuerce lo conseguirá. No siempre es así, claro. Pocos alcanzan el triunfo y muchos son los que, a pesar de todo el esfuerzo, nunca llegan a la línea de meta. Nos pasa como individuos, y visto lo visto, también como país. Born to lose, como decía la canción. Darlene y Noemi nos enfrentan a esta realidad, por medio de una risa que se alimenta de la nostalgia pero que nos confronta con el presente. Todo el despliegue escénico sume al espectador en una fiesta, aunque no pueda asegurarse la ausencia posterior de resaca. Noemi Rodríguez, con un registro interpretativo de paleta amplia, conecta con los espectadores casi desde el minuto uno. Nos sumerge en su historia familiar, en sus anhelos de niña. En cómo quería parecerse a su héroe personal, su propio padre, cantante de orquesta de quien hereda el amor por la actuación. Su energía contagiosa hace que el público empatice con su experiencia que, como ya he dicho, es la de muchos. La dirección de Andrea Jiménez consigue que sí, que pasemos una gran noche con el humor y la sensibilidad que caracterizan a esta compañía. Si podéis, no os lo perdáis.







  



viernes, 7 de mayo de 2021

Los niños del Winnipeg

 

Edurne Rankin en "Los niños del Winnepeg"

  Ayer tuvimos la suerte de que el Winnipeg fondeara en la Casa de América en Madrid. La compañía hispano-chilena La llave maestra nos ofreció un emotivo ejercicio contra la amnesia histórica. Más necesario, si cabe, en estos tiempos turbulentos que estamos viviendo. En 1939 el gobierno chileno, por medio de Pablo Neruda en condición de cónsul delegado para la inmigración española en París, fletó un barco carguero que trasladó hasta su país a cerca de 2200 exiliados españoles desde los campos de concentración del sur de Francia. Aquel viaje hacia una nueva vida comenzó un cuatro de agosto, arribando a Valparaíso un mes después, el tres de septiembre.
  El espectáculo nació en Chile para conmemorar este episodio histórico y, ahora, recorre el viaje a la inversa para que podamos disfrutarlo en nuestros escenarios. Edurne Rankin va desgranando la narración con sensibilidad y maestría contadora, poniendo voz a los niños y niñas que protagonizan esta historia. Y es que su visión sobre la experiencia de sufrir la guerra civil, el exilio atravesando los Pirineos y el viaje posterior cruzando el Atlántico, es sobre la que se sostiene la dramaturgia. 

Niños pasajeros del Winnipeg, 1939

  Una puesta en escena sencilla sustentada en la narración oral, que emociona y envuelve al espectador, apoyándose en elementos que van surgiendo del vestido mágico que porta la actriz. 
  Cuando aquellas pequeñas víctimas de la guerra llegaron a un país que no era el suyo, se les recibió con los brazos abiertos, tuvieron la oportunidad de crear un proyecto de vida y volver a echar raíces. La solidaridad entre pueblos es todavía necesaria y está llena de sentido. La solidaridad humana al fin y al cabo. Y posiciones como la que mostró la ultraderecha en la pasada campaña electoral madrileña, criminalizando a menores inmigrantes con su política del odio, deberían ser desterradas para siempre.

Pablo Neruda y el Winnipeg





  








sábado, 27 de marzo de 2021

Día Mundial del Teatro 2021


"El valle del asombro". Peter Brook

  
  Hoy 27 de marzo celebramos el Día Mundial del Teatro. Una celebración teñida por todo lo vivido a causa de la pandemia que nos afecta. Si de algo ha servido lo sucedido a lo largo del último año, ha sido para dejar al descubierto todas nuestras vergüenzas como sociedad. El desmantelamiento de los servicios públicos a lo largo del tiempo tiene consecuencias, y donde nos decían que teníamos la mejor sanidad del mundo se comprueba ahora como los sanitarios están enfrentándose a esta crisis en condiciones lamentables. ¿Hemos aprendido algo en este tiempo? Me temo que no mucho, a tenor de la dirección que están tomando las cosas. ¿Qué puede aportar el mundo del teatro a la necesaria reflexión sobre el devenir de nuestra época? El mundo de la cultura en general, y el teatro en particular, no pueden quedar al margen de la sociedad. Pero en muchas ocasiones, demasiadas, tengo la sensación de que la cultura solo interesa a quienes hacemos cultura. Con un sector atomizado (aunque sí que hubo el año pasado un movimiento para aglutinar a asociaciones profesionales de diferentes artes en nuestras reivindicaciones ante la Administración), un Ministro de Cultura desconocedor absoluto de su ramo, e innumerables compañías y artistas afectados por programaciones canceladas y abocados a la inactividad, parece complicado hacerse oír. 
  Todavía el tejido de la industria cultural en este país se estaba recuperando de la crisis del 2009, y para muchos y muchas, la pandemia está suponiendo una fatal estocada. La lucha por la subsistencia personal a la que cada uno parecemos condenados, no debería impedir tener una visión amplia del escenario de la vida. El teatro es, precisamente, un arte de la colectividad. Del colectivo de artistas que ponen en pie un espectáculo, y del colectivo que forma el público cuya mirada es imprescindible para completar la obra. Esta pandemia ha descubierto un mundo en el que la rapiña impera incluso entre estados, en el que este voraz sistema capitalista convierte en puro negocio la salud de las personas. Como si de una pieza dirigida por Peter Brook se tratara, persigamos la esencia valiosa de las cosas, dejemos a un lado lo superfluo. En la comunidad teatral deberíamos tener claro por qué nos subimos a las tablas, no transigir con rémoras adquiridas en el pasado, hacer valer nuestra profesión. Deberíamos rechazar el participar en este río revuelto y aunque el show deba continuar, que no lo haga a cualquier precio. Pienso en todas las compañeras y compañeros de oficio, en nuestra fragilidad y también en nuestras fortalezas. La mayoría hemos vivido siempre en un inestable equilibrio, pero ahora parece que ni siquiera tenemos un fino cable en el que apoyar nuestros pies. Somos supervivientes natos, sabemos adaptarnos y readaptarnos las veces que haga falta. Trabajamos con los mejores mimbres, los de la humanidad que cada uno encierra. Y saldremos adelante gracias al mismo valor y determinación que una vez nos empujaron a dedicarnos a esta profesión que tanto amamos. 

sábado, 13 de marzo de 2021

Un Elefante en Eroski

  Han pasado ya diecisiete años desde que hice este anuncio, ahí es nada. El elefante, que en realidad era elefanta, venía de un circo que en ese momento se encontraba en Zaragoza. Se rodó en el hipermercado Eroski de Berriozar, una pequeña localidad a las afueras de Pamplona. Tuve la oportunidad de trabajar con compañeros que conocía del mundo teatral y todo funcionó estupendamente. Me imagino que en el presupuesto de esta producción habrían incluido todos los paquetes de pan de molde que la elefanta iba tragándose, con bolsa y todo, al recorrer los pasillos del hiper en cada toma. ¡Le gustaban más que los plátanos!


#publicidad #rodaje #actor #televisión


viernes, 5 de marzo de 2021

Río Grande


  Esta fue mi microaportación para el certamen Por aquí pasa un río, organizado por el Ayuntamiento de Córdoba. El resultado fue una bonita publicación de microrrelatos y fotografías en torno al río Guadalquivir.



RÍO GRANDE

  Éramos tan solo una panda de renacuajos cuando, en aquellas tardes de verano libres de obligaciones escolares, trepábamos al campanario de la iglesia. Desde la espadaña vislumbrábamos toda la comarca, sus campos, el río, aquella maravillosa templanza. ¡Bajad de ahí ahora mismo!, gritaba algún parroquiano al descubrirnos y, entre el susto y la risa, se iniciaba la estampida del séptimo de chiquillería. Corriendo hacia el río huíamos, a zancadas, riendo y blasfemando. ¡Cuidado, rapaza!, avisábamos, cuando alguna niña se cruzaba y le tirábamos del pelo, o a otra a la que siempre gritábamos ¡al Juan le gustas! sin que ninguno de nosotros conociera a Juan alguno. Aún sofocados por la carrera, pero ya lejos del supuesto peligro, nos tumbábamos en la tierra con los ojos cerrados y, escuchando los sonidos del Guadalquivir, enumerábamos nuestras próximas aventuras, trastadas o cualquier otra bravuconada que se nos ocurriera. Nos llamábamos a nosotros mismos La Banda Sin Perdón.
  Lo que fuimos descubriendo con la edad, es que lo único que no perdona es el paso del tiempo. Aquellos veranos llegaron a su fin, la inocencia alcanzó su particular otoño y las gestas infantiles dieron paso a otras menos inconscientes, a aquellas que la madurez resta espontaneidad. Pasaron unos cuantos años, eran finales de los setenta, y mis padres habían decidido dejar el pueblo para instalarse en Córdoba. Un día me la encontré volviendo de la universidad, en cuyo cinefórum se había proyectado Río Grande, de John Ford. Su familia también se había trasladado a la ciudad y, a pesar del tiempo transcurrido, nos reconocimos al instante, un reencuentro como el de John Wayne y Maureen O'Hara en el clásico western. Dimos un paseo por la ribera del río y allí mismo, junto al al-wadi- al-kabir, nuestro río grande particular, nos besamos. Un beso que dura ya más de treinta años y que ningún apache ha podido interrumpir. Porque como muchas veces me recuerda riéndose, ¡que a mí no me gustaba Juan, que me gustabas tú!









 

martes, 30 de junio de 2020

Algunos recuerdos amarillean


  El año pasado participé con mi poema "Algunos recuerdos amarillean" en la antología de poesía hispanoamericana "Y lo demás es silencio" publicada por Chiado Grupo Editorial.
  Mi pareja opina que el poema es muy triste. Y no le falta razón 😏.



ALGUNOS RECUERDOS AMARILLEAN

Algunos recuerdos amarillean
como recortes viejos de periódico.
En este álbum hay letras que se desdibujan,
rostros que ya perdieron a sus dueños.
A pie de foto intentas explicarme quién eres,
qué significaste para mí,
amigo o amante disuelto en pasta de papel,
un titular que ahora trituro como triste confeti.
Pasamos las páginas y nos entintamos los dedos,
mis huellas son las balizas que señalan
por dónde anduvimos.
Comenzar el diario mirando las esquelas
en vez de agarrar el teléfono
y comprobar si descuelga alguien
que todavía comparta mi línea editorial.


jueves, 5 de diciembre de 2019

Mauthausen. La voz de mi abuelo


  Cada uno de nosotros tiene su propia idea acerca del teatro que considera interesante. Sabemos que este arte puede abordarse desde muchas perspectivas diferentes, que puede haber un montaje para cada momento, un estilo distinto para cada historia que quiera contarse. Y sin pretender negar la validez de otro tipo de propuestas, vamos conformando en nuestra intimidad un listado de ingredientes que deseamos encontrar en cada espectáculo que vemos. Mauthausen. La voz de mi abuelo, contiene todos esos componentes que renuevan mi amor por el teatro y supone un acontecimiento de los que refuerzan la necesidad de seguir subiéndose a un escenario.
  La historia del campo de concentración y exterminio nazi es tristemente conocida, también la del paso de muchos españoles por aquel dantesco complejo, y aún así lo vivido con esta propuesta escénica resulta una sorprendente experiencia. Lo que aquí presenciamos no es un documental con frías y espantosas imágenes. Desde luego, lo contado contiene espanto y dolor. Pero se presenta de tal modo, que la incomprensión hacia las atrocidades que llega a cometer el ser humano se transforma en esperanza por su capacidad de supervivencia y solidaridad.
  El texto de la obra está escrito por Pilar G. Almansa, que sigue creciendo y afianzándose como una de las figuras de referencia en nuestro teatro contemporáneo. También ella firma la puesta en escena, esencial y limpia, al tiempo que emotiva y con un ritmo dramático preciso. La dramaturgia del espectáculo transmite las vivencias de Manuel Díaz, superviviente español de Mauthausen, a quien pone voz y cuerpo sobre las tablas su propia nieta, la actriz Inma González. 
  
 La interpretación de ésta es de las que no se olvidan. Cargada de verdad, derrocha humanidad y emoción en cada uno de sus gestos. Pura maravilla. Durante poco más de una hora tenemos delante nuestra al jovencito que, tras su particular odisea,
nos ofrece una lección de vida en la que se trenzan el miedo y la esperanza, las tinieblas y las luces de un futuro en el que nunca hay que dejar de creer. Ella es la voz de su abuelo.
  Partiendo de unas grabaciones que el propio Manuel Díaz realizó antes de fallecer se reconstruye un episodio de nuestra historia que jamás debería repetirse. Por desgracia, la sociedad actual parece olvidar con facilidad toda la barbarie que asoló nuestro continente no hace tanto tiempo. En demasiados parlamentos europeos, incluido nuestro congreso nacional, negacionistas de aquel holocausto parecen añorar aquella ola que cubrió de oscuridad gran parte de la vida de nuestras generaciones antecesoras. No se trata de reabrir viejas heridas, tal y como dice nuestra derecha patria; parecen desconocer que algunas heridas nunca llegaron a cerrarse, no se les permitió hacerlo. Se trata de no olvidar, de aprender del pasado para no reeditar las mismas tragedias.
  Y facilitar algo que en este país no se permitió: un proceso de duelo necesario para que nuestra sociedad pueda mirar al futuro y seguir avanzando. Mauthausen. La voz de mi abuelo pone un importante grano de arena en esta reconstrucción, por medio de su apuesta plena de sensibilidad, inteligencia y muy importante también, un sentido del humor cargado de humanidad.


  
  

viernes, 27 de septiembre de 2019

Cama


  Dice Pilar G. Almansa, autora y directora de Cama, que "(...) gracias a lo que ha ocurrido en el último siglo, y cada vez con más intensidad y sofisticación, las mujeres estamos batallando por configurar el relato público, tanto sobre nosotras mismas como sobre los hombres." (1) Y es esto del todo necesario, añado, ya que la mujer ha estado siempre relegada históricamente al papel que el hombre le otorgó al ser éste el único que construyó dicho relato. Muchos somos los que nos hemos educado inmersos en una cultura machista, con unos modelos que todavía hoy en día cuesta romper. Pensemos, no obstante, que las cosas van cambiando poco a poco. Y la revolución feminista, que se lleva a cabo sin el uso de la violencia, tal y como dice Ella, el personaje femenino de la obra, está implementando un cambio de paradigma. 
  De estas cuestiones trata "Cama", de la relación de una pareja, hombre y mujer, desde que se conocen hasta que tras el tránsito por la pasión inicial y el asentamiento doméstico posterior, llegan las diferencias que se agravan hasta terminar con la separación de los personajes. Tanto Él como Ella se nos presentan como individuos sensibilizados, ella feminista concienciada; él convencido de la revisión actual del hombre bajo la óptica de las nuevas masculinidades. Y aún así, no logran sortear las trampas que el sistema lleva siglos interponiendo en nuestras vidas.
  Todo este tránsito vital sucede en el espacio temporal de una hora y, a pesar  de la compresión que eso significa, la puesta en escena salva bien ese desfase entre lo expuesto y lo omitido. La pieza se articula en cuadros que se suceden cada uno alternando diferentes lenguajes teatrales, sin que esto resulte forzado y se convierta en un pastiche. Más bien al contrario, estos cambios alumbran las distintas fases por las que atraviesan los personajes y su relación. Desde un punto de vista brechtiano, esto supone que la sorpresa irrumpa en el escenario y que la atención del espectador no decaiga, al mismo tiempo que el espectáculo ofrece esa diversión que Bertolt Brecht consideraba imprescindible para que luego pueda darse la reflexión acerca de lo visto y vivido sobre las tablas.

Autor fotografía: Jacobo Medrán

  "Cama" es un texto muy bien escrito, rico y profundo, que ahonda en la perspectiva de género como condicionante de muchos conflictos que en su día se normalizaron o, cuando menos, se silenciaron. Nos coloca frente a una realidad en la que los roles desempeñados hasta ahora por hombres y mujeres exigen una revisión urgente. Y lo hace con humor, en ocasiones, con poesía o con testimonios casi cercanos al teatro documento. Y esta variedad de estilos se sustenta en una interpretación sobresaliente por parte de María Morales y Carlos Troya, que aportan la verdad, el valor y la sensibilidad que reclama esta puesta en escena. 
  Junto a ellos, con ellos, una cama. Único elemento de la escenografía (aparte del sugerente diseño de luces y de espacio sonoro) y que sirve de nido o de muro, según sean las circunstancias de los personajes. Una cama. Ese elemento en el que muchos nacemos, descansamos, amamos, convalecemos, inspiramos, retozamos, espiramos y expiramos. Un edredón, unas sábanas, unas almohadas blancas que son testigo de lo posible y de lo imposible; de lo probable y de lo improbable, en una relación que desde el extrañamiento posterior a su representación, otra vez Brecht, nos deja cuestiones abiertas y a las que sólo nuestro avance como sociedad y como individuos podrán, algún día, dar respuesta.

(1) El Cultural, 16/08/2019


miércoles, 27 de marzo de 2019

Día Mundial del Teatro 2019

  Como cada año, hoy 27 de marzo, celebramos el Día Mundial del Teatro. A continuación transcribo el mensaje que el Instituto Internacional del Teatro ha hecho público, como es tradición, para esta jornada. Está firmado por Carlos Celdrán, director, dramaturgo y profesor cubano.

Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allí. Habían construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron. Cuando entendí que mi oficio y mi destino personal sería seguir sus pasos, entendí también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.

Mi país teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disímiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mí mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efímera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allí, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros. Mi país teatral, el mío y el de mis actores, es un país tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad.

La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografía invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanía teatral en un mismo gesto unificador. Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raíz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron. Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allí pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allí comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.

Cuando entendí que el teatro era un país en sí mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mí una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allí donde existes está el público. Allí están los compañeros que necesitas a tu lado. Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad. Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cívica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando día y noche, porque tengo el secreto de la velocidad.

Carlos Celdrán
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Carlos Celdrán

miércoles, 29 de agosto de 2018

Lindsay Kemp/Neil Simon

  El pasado fin de semana recibimos la triste noticia de la pérdida de dos nombres importantes de la escena teatral. Primero se supo, el sábado, del fallecimiento de Lindsay Kemp, y un día después murió Neil Simon. Ambas figuras son sobradamente conocidas y puede encontrarse fácilmente información abundante sobre sus trayectorias.

El dramaturgo y guionista Neil Simon.
  
  Escribo estas líneas, entonces, no para glosar sus vidas y recorridos profesionales, sino rememorando recuerdos tempranos de mi relación con el teatro en los que ambos se entrelazan justo  en este momento.
  En el año 1991, durante una visita a Madrid (entonces yo vivía todavía en Pamplona), asistí a una representación de "Perdidos en Yonkers" en el Teatro Fígaro. Mi contacto con el teatro se limitaba en aquel momento al de mero espectador, no imaginaba siquiera que muy poco tiempo después comenzaría a estudiar Arte Dramático. Así que simplemente era un aficionado amante del escenario, pero que lo admiraba desde la barrera. La obra me gustó mucho; aunque Simon suele nombrarse como autor de comedias, esta obra se encuentra entre su creación tardía, y pese a no considerarla plenamente autobiográfica, el dramaturgo sí admitía que algunos elementos de la historia tenían conexión con experiencias vividas en primera persona. Con sus luces y sus sombras.

Cartel y foto del elenco de la obra. Teatro Fígaro, Madrid, 1991.

  La humanidad de la pieza me emocionó verdaderamente y recuerdo de manera especial el impacto que me causó sobre todo la interpretación de Ana Marzoa, una gran actriz que me conmovió y que merece un reconocimiento mayor del que se le concede. Tres años después me encontraba estudiando en la Escuela Navarra de Teatro, y seguro que experiencias como la de ver este montaje tuvieron que ver en mi decisión de adentrarme por las sendas de la interpretación.

Lindsay Kemp, hombre de teatro total.
  
  Avanzando esos pocos años me encontraba ya estudiando en la E.N.T. (cómo llegué a tomar aquella decisión, que me hizo abandonar mi anterior trabajo, merece ser contado en otra entrada aparte). En aquella época nutrieron mi amor por el teatro tanto mis estudios como los espectáculos vistos entonces. Estábamos todavía en la primera mitad de la década de los noventa: tuve oportunidad de ver algunas de las últimas producciones del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, recuerdo "Canción desde Isla Mariana" de Legaleón Teatro o "Como los griegos" de Steven Berkoff (con Nancho Novo). En los ya extintos Festivales de Navarra programaron "A puerta cerrada" de Jean Paul Sartre con Aitana Sánchez Gijón y Carmelo Gómez (dirigidos por Miguel Narros). En el escenario de la Escuela vimos "Notas de cocina", de Rodrigo García, y La Zaranda nos visitaban con cada nuevo montaje suyo, iniciando así mi honda admiración por los geniales jerezanos. Y entre aquellos muchos espectáculos vistos en mi época de estudiante también hubo uno de Lindsay Kemp. Su "Cenicienta" estuvo en el Teatro Gayarre de Pamplona, donde descubrimos que el artista inglés era un estilo total en sí mismo.

En la misma temporada de su estreno "Cenicienta" visitaba Pamplona.

  La lección que nos ofrece Kemp es, en esencia, creer firmemente en uno mismo y tener libertad absoluta para defender los postulados propios, igual que hacía él en la irreverente visión del cuento clásico.
  Neil Simon y Lindsay Kemp, en principio tan opuestos estilísticamente, se reúnen sin embargo en mis recuerdos formando parte de un todo. Del mismo modo en el que mi amor por el teatro se integra en un todo mayor que, precisamente, es lo que le otorga su verdadero significado.





martes, 23 de enero de 2018

Emilia

  Muchos medios de comunicación, al hacer balance de todo lo ocurrido durante el pasado 2017, han destacado como suceso principal a nivel mundial el auge del feminismo y cómo numerosas mujeres alzaron su voz ante la imposibilidad de continuar silenciando todas las injusticias cometidas contra ellas. Movimientos como el "Me too", que dieron relevo en este país a nuestro "Yo también", denunciaron los abusos padecidos por muchas mujeres (situaciones de acoso, agresiones sexuales, violaciones) e hicieron visible una terrorífica realidad. La fuerza bruta -brutal- ejercida por parte del hombre sobre la mujer cuenta, en demasiadas ocasiones, con la connivencia del propio entorno, de los allegados, de hombres cobardes que siempre han mirado para otro lado. La sombra del machismo es alargada, demasiado, y es también harto tupida, tenebrosa, cruel. Algunas voces pretenden advertir de que toda esta presencia del feminismo en los medios tiene mucho de moda y que, como todas las modas, terminará pasando. Seguramente eso es lo que les gustaría a muchos, sobre todo a muchos, que no a muchas. Seguramente, pasado el tiempo que ellos consideren suficiente, querrán que los temas de la agenda cambien, pretenderán que la lucha de las mujeres por equiparar sus derechos con los de los hombres ya no esté en el candelero. Que unos grandes almacenes hagan negocio vendiendo camisetas con eslóganes feministas puede ser cuestionable (esas camisetas confeccionadas en Asia en condiciones para el trabajador de semiesclavitud); pero que un/una adolescente tome conciencia de esta problemática tan grave que a todos nos atañe, vistiendo esa prenda, sólo puede ser positivo. 
El diseñador Prabal Gurung. Él mismo cerró uno de sus últimos desfiles con una camiseta en la que podía leerse "Así luce una feminista".

  Recuerdo ahora la manifestación del último ocho de marzo en Madrid: fue multitudinaria, mujeres de todas las edades, también hombres, en una jornada reivindicativa que demostró cómo los tiempos "están cambiando".
  Y que me perdonen en el Teatro del Barrio, que yo venía aquí a hablar de su obra... Espero que toda la introducción anterior se entienda como preliminar para la reseña del espectáculo que podemos ver actualmente en su escenario. "Emilia", producción del propio teatro, es la primera parte de una trilogía que ellos mismos han nombrado como "Mujeres que se atreven". En esta ocasión el título alude a Emilia Pardo Bazán, quien se enfrentó a los convencionalismos de su época para reivindicarse como mujer independiente y que siempre vivió acorde a sus propias ideas. Nunca dejó de reclamar la necesidad de que la educación de la mujer fuera un hecho inaplazable y, como escritora, quiso ser reconocida al mismo nivel que los escritores hombres. Aunque gozó de gran popularidad y su capacidad de trabajo era inagotable (cuentista, poeta, novelista, traductora, periodista, profesora...), no consiguió ingresar en la Real Academia de la Lengua; a pesar de contar con el respaldo y la admiración de algunos escritores, se topó con el veto inflexible de muchos otros, que sólo por ser mujer la menospreciaron y que por el mismo motivo pretendieron restar valor a su obra.
Emilia Pardo Bazán retratada por Sorolla.
  
  Este capítulo de su vida es relatado con detalle en esta propuesta escénica, magistralmente interpretada por Pilar Gómez. Muchos conocimos a esta gran actriz hace ya bastantes años, con aquel estupendo monólogo titulado "Mejorcito de lo mío", y aquí nos vuelve a sorprender con una actuación brillante. Nadie diría que esta andaluza no nació en La Coruña... Aparte del acento gallego que clava y del trabajo físico encomiable, sabe transitar por los diferentes estados de ánimo de doña Emilia captando la atención del espectador. Y esto se agradece mucho, ya que si de algo peca el montaje es de excesiva linealidad. Son los matices aportados por la intérprete los que evitan que presenciemos simplemente un discurso. Porque el tono didáctico del montaje a veces pesa demasiado sobre la acción dramática y se echa en falta un poco más de juego, de variedad entre escenas. Por eso, cuando hacia el final del espectáculo la actriz realiza un cambio que contrasta mucho con todo lo anterior (no explicaré más por no destripar nada), la verdad es que se agradece.
  Con todo lo dicho, "Emilia" es una función sólida basada en un texto muy interesante que refleja muy bien al personaje, una actuación que la hace creíble y disfrutable y una dirección limpia que basa en el gesto y la palabra aquello de lo que nos quiere hablar. Porque no debemos olvidar que historias como la de Emilia Pardo Bazán hay muchas; mujeres que fueron silenciadas en su época y olvidadas en las siguientes. Ellas siempre han estado ahí. Si hasta ahora la Historia era contada nada más que por los hombres, en este momento esa injusta y triste realidad está cambiando. Desde muchos ámbitos, no sólo desde el teatral, se está recuperando la memoria de muchas mujeres que padecieron el desprecio de la indiferencia, cuando no la usurpación de sus logros. 
  Y en esta labor, el Teatro del Barrio acierta con esta historia escrita (Noelia Adánez y Anna R. Costa), dirigida (Anna R. Costa) e interpretada por mujeres. 
  Esperemos ahora las siguientes piezas de la trilogía, que estarán dedicadas a María Teresa León y a Gloria Fuertes y que seguro que serán igual de interesantes.

lunes, 15 de enero de 2018

Todo el tiempo del mundo

  Cuando era niño, una caja de zapatos podía contener todo el misterio del universo, toda la magia de la vida. Una caja de zapatos era un juguete que se convertía en garage de autos, castillo inexpugnable o cabeza de monstruo. Aquella caja podía ser un aleph, aunque entonces no lo supiera. "Todo el tiempo del mundo" transcurre en una zapatería de ecos borgianos (llena de cajas), que Pablo Messiez recrea con recuerdos en tiempo presente. La pieza es un juguete escénico cuyo mecanismo preferimos no conocer del todo. Para disfrutar de este juego teatral, mejor intuir sus reglas que sabérselas al dedillo.
  El pasado, el presente y el futuro del protagonista se personan ante él. Esta zapatería, que me recuerda también a escenarios imaginados por Michael Ende en cuentos suyos como "La casa de las afueras" o "Sin duda algo pequeño", se convierte en laberinto del tiempo.  Y asistimos a cómo se conforma la biografía propia a partir de lo que recordamos, suprimiendo aquello que se olvidó y con la duda de si esto descansa en algún lugar.
  Tal vez podría explicarse la reunión de todo el tiempo del mundo, pasado, presente y futuro mediante teorías de física cuántica. El encuentro simultáneo de quien fuimos, de quien somos y de quien seremos. Pero ni siquiera de ese modo el razonamiento sería tan fascinante como el que brinda esta obra. Todas las grandes preguntas se contienen en un espectáculo magnífico, que entretiene, divierte y emociona. Los intérpretes bordan sus actuaciones, bajo una dirección limpia y esencial marca Messiez, autor también de esta dramaturgia juguetona y profunda al mismo tiempo. Ganas tengo de leer el texto pausadamente, que se encuentra editado dentro del volumen Las palabras de las obras, compilado junto a otras tres piezas suyas y que fue publicado por la editorial Continta me tienes.
    En definitiva, una suerte haber asistido en el Teatro Pavón Kamikaze a la reposición de este espectáculo, que nos brinda la idea del amor como guía para encontrar la salida del laberinto antes citado. Quienes no pudimos verlo el año pasado ahora hemos descubierto que "...en mi soledad tengo todo el tiempo del mundo. Y es mucho."

http://teatrokamikaze.com/programa/tiempo-del-mundo/

http://buxmanproducciones.com/obras/todo-el-tiempo-del-mundo/

http://contintametienes.com/producto/las-palabras-de-las-obras-2a-edicion-revisada/




  

jueves, 21 de diciembre de 2017

La noche justo antes de los bosques

  La pasada temporada dejé constancia en este diario personal de mi admiración por el montaje de "La tempestad", que tanto pude gozar en el Teatro La Puerta Estrecha. José Gonçalo Pais interpretaba entonces el personaje de Ariel, y su gran trabajo le valió el premio Godoff al mejor intérprete masculino a principios de este 2017 que ya casi acaba. En esta ocasión, se enfrenta solo en el escenario a un auténtico tour de force, en complicidad absoluta con el director del espectáculo, César Barló quién dirigiera brillantemente también la obra de Shakespeare a la que me he referido. Este tándem se adentra en "La noche justo antes de los bosques", de Bernard Marie Koltès, sin temer ninguna oscuridad amenazante. Sabiendo que, sólo al atravesar de manera sincera las tripas y el corazón de este texto, se podría hallar la luz que contiene. 
  No había tenido oportunidad desde que estudié a Koltès en la Escuela (y ya hace veinte años...) de ver representada ninguna de sus obras. Creo que he leído todas ellas y siempre me fascinó, pero no es frecuente que sus textos suban al escenario, al menos en este país. El dramaturgo francés, uno de los más importantes del pasado siglo XX, fue un auténtico torrente dramático; sus obras parecen una vomitona denunciante de todos los vicios y vergüenzas de nuestra sociedad biempensante. Y aunque pareciera que escribía siempre al límite, el lirismo y la calidad de su literatura dramática dotan a su obra de una humanidad inmensa. Porque sus textos son teatrales, son acción, y son llevados por unos personajes de una fisicidad aplastante.
  Tuve la suerte de que el día en que vi la función hubo un posterior coloquio con el actor y el director, donde desentrañaron algunas de las claves de su creación. Se agradece el gesto y, más todavía, la entrega rigurosa y apasionada a su trabajo, el entender el hecho teatral como algo más que un entretenimiento huero. Toda la labor de investigación realizada ofrece como resultado un espectáculo valiente, intenso y de alto valor artístico. Alguno de los asistentes expresó que veía locura en el protagonista único de esta pieza; sin embargo para el dúo creador de esta propuesta, lo que define al personaje es, precisamente, una terrible lucidez. Y es que, en su parlamento desesperado, escupe, grita, suelta a bocajarro verdades como puños. De las que duelen, de las que incomodan. Sí, lo que yo vi fue un hombre desesperado por ser escuchado.
  Para que el espectador quede atrapado con el corazón en un puño mojado por la lluvia, hace falta, claro, un actor que consiga hacerle olvidar abrir el paraguas del alma. Y José Gonçalo Pais tiene ese magnetismo, esa fuerza para encarnar al personaje con la humanidad inmensa que antes citaba. Es reseñable la acertada idea del director de que el actor nunca mire de frente hacia el público. Siempre lo vemos de escorzo, o de espaldas a nosotros. Como bien explicó César Barló en la charla aludida, soltar todo este texto mirando directamente a los espectadores, podría resultar violentamente insoportable. Y la solución encontrada funciona muy bien tanto a nivel de movimiento escénico como de dramaturgia. De este modo, y tras poderse encontrar con el público reflejado en una pared-espejo durante el transcurso de la obra, justo al final se produce un encuentro real que sintetiza todos los anhelos y miedos con los que hemos convivido a lo largo de setenta minutos. Podríamos estar en el extrarradio de París, pero también en Tetuán o en Vallecas. 
  Mientras no deje de llovernos fango a todas horas, textos como el de Koltès no perderán su vigencia y el teatro como el que nos regala la compañía AlmaVivaTeatro seguirá siendo necesario.




jueves, 14 de diciembre de 2017

Cabaret paranormal

    Una artista de varietés. La visita de espíritus encarnándose en su cuerpo. Celos y acusaciones entre hermanas sirven el melodrama en bandeja. Pero la poesía sugerente y el verbo transgresor lo convierten en carne de cabaret. El circo también se presenta, es todo un juego donde los sentimientos se desnudan, para taparse luego con sedas y gasas de carcajada. Violette divierte a su público, y también sabe conducirlo para que confiese sus más oscuros deseos. Quiero ser diva como tú. Pero nadie canta como ella, eso no, su gran voz llena el escenario y atraviesa la gran falla espacio temporal que la separa de un turbio pasado. Sin que las risas decaigan es poseída (tengo un pasajero dentro de mi cuerpo, que decían los Parálisis Permanente) y junto al árbol genealógico de la danza, se presenta la danza macabra de un trauma. El árbol genealógico real que ha perdido ramas. Pero no hay que asustarse: Estefanía de Paz no permite que dejemos de reírnos. Violette no es Norma Desmond, y su crepúsculo todavía queda muy lejos.

https://www.facebook.com/cabaretparanormal/
https://teatrosluchana.es/cartelera/cabaret-paranormal/


lunes, 4 de diciembre de 2017

Bodas de sangre

  Federico García Lorca fue un genio y, como suele suceder en este país, nunca será lo suficientemente reconocido. Al menos fuera del ámbito de la cultura, del teatro en particular. Con la desaparición de las Humanidades en nuestra enseñanza, con la negación de todo lo que no sea espectáculo vacuo, la grandeza artística e intelectual, el poder creativo inmenso del granadino universal, parecen relegados al cajón de lo folclórico, algo antiguo y casi molesto. Incluso de compañeros teatreros he tenido que, en alguna ocasión, oír comentarios sobre qué pesados, otro Lorca más... En Inglaterra todos los escolares leen las obras de Shakespeare, sus obras se representan continuamente, son parte de la cultura cotidiana. Esta diferencia se vio claramente, el año pasado, en la conmemoración de los aniversarios del dramaturgo inglés y de nuestro Miguel de Cervantes. Falta de implicación de las administraciones, improvisación, rellenos de programación a última hora... dejaron en evidencia el poco valor que otorgamos a nuestro patrimonio cultural.
  Por fortuna, de tanto en tanto, nuestros teatros públicos brindan la oportunidad de regresar a la obra lorquiana. El Centro Dramático Nacional produce este "Bodas de sangre" que podemos ver en el Teatro María Guerrero, con dirección de Pablo Messiez. El argentino, plenamente integrado en nuestra escena desde hace ya mucho, acepta el encargo de llevar al escenario la obra, que respeta y brinda casi de modo canónico. Un interesante inicio, el preámbulo de la Muerte, da una pista falsa sobre cómo puede desarrollarse el montaje. Tras este comienzo de aparente gelidez, pero que puede quemar como toda verdad, donde la Muerte se pasea con su desnudez (con su verdad) por un espacio blanco y espectral, la obra continúa por otros derroteros más previsibles. Aún así, Messiez se otorga un par de licencias introduciendo versos de "Poeta en Nueva York" en diferentes escenas, decisión que queda totalmente justificada y tiene sentido pleno en el desarrollo de la acción. Especialmente en ese "Pequeño vals vienés", musicado por Leonard Cohen, y que en la interpretación de Guadalupe Álvarez adquiere tintes de fragilidad peligrosa. 
  En cualquier caso, lo más destacable de la propuesta, a mi juicio, es la labor de conjunto de todo el elenco. Es conocido el gran trabajo que hace Pablo Messiez con los actores, sustentando su teatro en la pura interpretación. Esa es su firma, sin necesidad de impostar nada que subraye su estilo de dirección. De este modo la acción va avanzando con nervio e intensidad, con la pasión que el texto requiere. Pero justo en los cuadros finales, todo se desencadena de una manera algo precipitada, y es una pena que la tensión generada quede de este modo un poco diluida. 



jueves, 30 de noviembre de 2017

Pernales. El último bandolhéroe

  Me siento feliz de haber vuelto a los escenarios, tras una temporada en barbecho, junto a mis amigos de Títere Teatro Urgente con la obra "Pernales. El último bandolhéroe".  El grupo es compañía residente en el Teatro Montacargas, sala en la que nos encontramos representando esta pieza de títeres, con la que disfrutan igualmente pequeños y grandes. Dentro del teatrillo me acompaña Concha Párraga, autora también del texto. Y fuera se encuentran Paulo Alexandre, director del espectáculo, y Lourdes Muñoz, responsable de la música en directo sobre las tablas (acompañada de la presencia, ya afianzada, de Carmela Luna). Un buen día tomé el relevo de nuestro amigo Sergio y me dieron confianza para seguir la estela de nuestro siempre recordado y querido Pedro. "La niña valerosa" o "Cuentos a la luz de la luna" fueron otras aventuras en las que participé junto a esta gran familia.
  El Pernales fue un bandolero que existió realmente, nacido en la localidad sevillana de Estepa en el año 1879, de nombre real Francisco Ríos González. El apodo derivó de su primer sobrenombre, "Pedernales", atribuido por su dureza, de la que hizo gala durante toda su vida.
  La historia del bandolerismo es casi tan antigua como la de la propia humanidad. Ya en la Grecia clásica y después durante el imperio romano, se documentaron acciones de bandas que asaltaban en los caminos; salteador proviene de saltus, bosque en latín, lugar propicio para estas acciones y la posterior huída. Asimismo los forajidos eran los fora exitus, los expulsados fuera, y el bandido es aquel que aparece pregonado en un bando de búsqueda o captura.
  La existencia de bandoleros se extendió por toda Europa a través de la Edad Media, y continuó de igual manera en épocas siguientes. En España, durante los siglos XVIII y XIX, hubo una gran proliferación de estas prácticas delictivas sobre todo en Andalucía y Cataluña, debido en gran medida al caldo de cultivo que suponía una población deprimida y analfabeta y el caciquismo que concentraba el poder y riqueza en unas pocas manos privilegiadas. De este modo, gran parte de la población miraba con buenos ojos a estos bandoleros, hombres decididos y fuertes que se enfrentaban al poder y atacaban a quienes les condenaban a vivir en la extrema pobreza. Se veían como una especie de Robin Hoods, aunque en realidad conseguían el respaldo y la complicidad de la gente humilde, al parecer, sólo a cambio de favores o por unas pocas monedas. Cuentan que el Pernales gastaba lo robado, principalmente, en las tabernas.
  Lo que sí es cierto es que existía una injusticia social que propiciaba estos hechos. El historiador Eric Hobsbawn definió el término bandolerismo social en su obra sobre formas populares de resistencia "Rebeldes primitivos" (1965) y lo amplió posteriormente en "Bandidos" (1969). El autor explica: 
  "En la montaña y los bosques bandas de hombres fuera del alcance de la ley y la autoridad (tradicionalmente las mujeres son raras), violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas. De esta manera, al desafiar a los que tienen o reivindican el poder, la ley y el control de recursos, el bandolerismo desafía simultáneamente al orden económico, social y político. Este es el significado histórico del bandolerismo en las sociedades con divisiones de clase y estados."
                      (Bandidos. Editorial Crítica. Barcelona, 2001.)

Es en esta realidad en la que incide "Pernales. El último bandolhéroe". Desde luego desde el juego que brindan los títeres de cachiporra, y entrelazando la poesía que nos brindan algunas escenas con momentos muy divertidos. Una visión romántica del bandolero, sí, pero aprovechando la vida de aventura que vivieron estos personajes fuera de la ley (outlaw, en la tradición anglosajona) para cuestionar muchas injusticias que se han arrastrado hasta nuestros días. El Pernales terminó sus días abatido por disparos de la Guardia Civil mientras intentaba escapar hasta Valencia, donde tenía previsto embarcar junto a su amante (su primera esposa le había abandonado llevándose a sus dos hijas por los malos tratos recibidos) rumbo hacia América. Después de muchos años perseguido encontró la muerte en la Sierra de Alcaraz, junto a su compañero el Niño de Arahal, el 31 de agosto de 1907. La tumba de ambos se encuentra en el cementerio de Alcaraz, Albacete. El Pernales se convirtió entonces en un héroe popular, un hombre con arrojo y valor que se enfrentó a los poderosos que oprimían al pueblo llano. 
  Esta imagen romántica del bandolero nos es muy familiar a muchos por aquella serie mítica de televisión, "Curro Jiménez". Y también recuerdo cómo me enganchaban de niño las aventuras del bandolero inglés Dick Turpin (de nuevo un personaje real idealizado por el pueblo), convertidas también en serie televisiva. En definitiva, aventuras de bandoleros que nos sirven de excusa para, de un modo divertido, imaginar un mundo más justo e igualitario.